jueves, 11 de mayo de 2017

LOST IN TRANSLATION: EL HUMOR NO TIENE POR QUÉ SER "KAWAII" (2 DE 3)

Artículo de Bill Randall para The Comics Journal nº 273 (2006). Parte 1. Traducido por Frog2000.  

Basta con mirar las tiras actuales de periódicos estadounidenses, más o menos un terreno yermo desde el final de las series serializadas. En ese sentido, las tiras americanas difieren un montón de sus homólogos japoneses, porque las más importantes, desde Thimble Theatre hasta Peanuts, hasta cierto punto se basaban en la serialización. Curiosamente, el formato de chiste alcanzó su pináculo en las viñetas individuales realizadas por los mejores autores del New Yorker. Así que Charles Addams y Peter Arno bien podrían ser las mejores piedras de toque con las que comparar a Kojima y Aki, aunque a veces mi estima por los cómics de estos últimos pueda decaer un poco, tanto por compararlos con los gigantes nombrados anteriormente como por la dificultad inherente del formato para ser efectivo.
Por otro lado, parece injusto comparar a alguien del escenario mundial con Peter Arno, en especial por su inmaduro estilo sorprendentemente maduro a la hora de afrontar la sexualidad. Ciertamente, los temas más adultos no le resultan ajenos al manga, y a menudo el sexo está considerado de una forma completamente adulta. Sin embargo, aunque en este tomo algunos autores como Isao Kojima tienen la intención de hacer cómics "adultos", terminan acometiendo bromas ligeras llenas de sexo, mujeres de pechos grandes y hombres tomando baños de burbujas y en diferentes estados de desnudez. A menudo Kojima retoma las escenas de samuráis ligando con cortesanas y otras por el estilo. Más que su humor, lo importante es su encantador y suelto estilo de dibujo, apacible en lugar de sexy, con trazos que se contonean burlonamente de una forma elaborada. Aunque su trabajo me deja frío, en realidad es uno de los dibujantes más populares.
Menos conocido pero mucho mejor artista para mi gusto, Sadao Shouji suele trabajar las debilidades de la vida de clase media, hurgando apacible, aunque mordazmente, en las peculiaridades de los ciudadanos que la engrosan. Para ello suele utilizar páginas compuestas por cuatro tiras de entre seis y ocho viñetas. En su caso su dibujo no está simplemente esbozado como el de muchos otros autores, sino que utiliza un estilo limpio que sugiere que podría encajar perfectamente en un libro infantil. El autor es capaz de mostrar una comprensión irónica de sus personajes, compuestos principalmente por amas de casa y oficinistas, y de sus verdaderas intenciones, motivo por el que sufren las ligeras desintegraciones del contrato social que comprensiblemente acechan justo por debajo de la superficie de la mayoría de sus vidas. Lo mejor de todo es que Shouji nunca exagera los gags, confiando en que el lector será capaz de hacer las conexiones pertinentes. 
En el otro extremo están las tiras de cuatro viñetas de Takashi Yanase, que parecen terminar antes de comenzar. Con títulos que adelantan sus aburridos chistes, estos cómics confían en insípidos retruécanos visuales para conseguir su efecto. También se apoyan en los juegos de palabras. Supongo que este cómic será históricamente importante, o puede que cuando apareció por primera vez pareciese mucho más importante de lo que es, pero ahora no soy capaz de entender exactamente por qué aparece en esta antología. Su único rasgo redentor es su lindo dibujo, pero precisamente, en el manga no es que no abunden estilos parecidos.
Por su parte, Ryuuzan Aki supone una variación interesante de la forma. En Oh, Jyareezu! las páginas se reparten en tiras de tres a cinco viñetas con finales sorpresivos en una viñeta tan grande que por lo general consume la mitad de la página. Me esperaba que sus bromas fueran un fracaso por demasiado evidentes, sobre todo porque el autor confía tanto en unos gags bien construidos y sutiles que una mirada superficial ni siquiera es capaz de detectar algo inusualmente divertido. Pero lo son, algunos de sus chistes están entre los más divertidos del tomo.
Finalmente, empujando el medio hacia su extremo más simplón, aparecen otros dos artistas que elaboran chistes de una viñeta, aunque con resultados drásticamente diferentes. La serie de Kunihiko Hisa, My Ufo, repite chiste insípido tras chiste insípido, y todos sus juegos de palabras visuales tienen la forma de un platillo volante. El estilo artístico, agradablemente suelto, no es capaz de salvar lo que por otra parte ni tiene encanto ni interés formal. Por su parte, las bromas sobre sexo estúpido gobiernan la serie de Masahiro Nikaido titulada Paradise People. En ella aparecen creyentes que adoran un vendaje en forma de cruz prendido de la espalda de Cristo o un hombre que ordeña una vaca mientras una monja lo ordeña a él. De nuevo, son juegos de palabras visuales, pero esta vez corporales y sobre sexo. El autor también ataca a la Iglesia, lo que puede resultar un poco extraño para un no cristiano que vive en un país no occidental bastante poco religioso. Sin embargo, Nikaido es un autor consistente y también satiriza las instituciones sociales que establecen (o mantienen) los estándares morales, como cuando unos adoradores del Sol notan súbitamente que el astro está a punto de caerse dentro de un culo. De alguna forma, este gag podría ser político, porque el sol nacionalista de Japón siempre termina por levantarse. Pero el juego visual, menos por la parte de los adoradores, era exactamente el mismo que dibujó un chico llamado Jeremy en la pizarra de mi clase de Ciencias de octavo curso. También solía traer porno a clase, y creo que incluso era capaz de conducir. No sé si debería elogiarlo por crear una obra al mismo nivel de Nikaido o viceversa.
Dejando a un lado cuestiones como la pobre ejecución, todas estas obras sólo son capaces de empujar un poquito los límites. Cuando una forma de humor carece de un núcleo de indignación moral como el extraño puritanismo que caracterizó a Lenny Bruce cuando no sólo era un profano, sólo puede ir tan lejos como los tabúes que intenta romper. Y en cuanto se rompen, el humor corre el peligro de deslizarse hacia la derecha del mainstream para terminar siendo absorbido por la cultura contra la que intentó pelear en un principio. Esta es una de las rarezas del género, y el motivo principal por el que el humor suele caducar tan rápido. En estos tomos se pueden ver algunos gags tan cerca del límite de la corrección que pueden ser demasiado obvios, mientras que sencillamente otros terminan volviéndose aburridos con el tiempo. Eso sí, algunos nunca pierden su mordiente en absoluto.
BEST OF GAKI-DEKA!
Por Tatsuhiko Yamagami
Takarajimasha, 2003

El policía que protagoniza este manga seminal de los setenta, generalmente repleto de esa ruidosa escatología que tanto amaron una vez los que ahora se encuentran cómodamente en sus cuarenta años, ofrece de todo en este título: desde improvisados drag shows con ciervos bailando hasta cómo utilizar partes de un pescado para cubrirse las partes bajas. Al igual que las transgresiones de Go Nagai, lo que alguna vez torturó las conciencias de madres preocupadas se ha terminado convirtiendo en mainstream, sin importar que esas conciencias sigan sin poder calmarse. Me complace bastante saber que los gilipollas burocráticos que tanto han hecho para joder Japón, y que sin duda cogieron una tremenda ojeriza contra este joven investigador cuando estaba en su apogeo, se siguen sintiendo repelidos y disgustados por cosas como el infame "testículo paracaídas", y no por otro motivo que por no saber cómo reaccionar ante esta obra. Porque no forma parte de la programación social. Y nunca lo hará.
Por supuesto, a menudo el humor también puede ser improductivo, pero la brillantez de Tatsuhiko Yamagami reside en su equilibrio entre explosiones de violencia absoluta, bondad social y la represión igualmente violenta de las normas morales. Por ejemplo, en la historia titulada "¿Le perturba el olor de la medicina?" Gaki-Deka se fija en una enfermera bonita e inmediatamente la acorrala en un rincón para intentar bailar con ella. Saijo-kun interviene en su defensa, a lo que Gaki-Deka responde engañando al mocoso, aunque sólo por un momento, por lo que comienza una batalla que se intensifica y atrae a todo el mundo en el hospital, incluido a un médico. Después de golpearlo en la cabeza con un rábano gigante daikon, el doctor pincha a Gaki-Deka en la parte posterior del cráneo con una hipodérmica llena de sedante. Las últimas viñetas muestran al protagonista encerrado en una habitación donde también hay animales que son sujetos de pruebas. Ni corto ni perezoso les empieza a enseñar a bailar como hace él en caso de que alguna vez necesiten acorralar a una enfermera. Por su parte el médico se dice que después de todo no pasa nada, porque los animales parecen estar haciendo suficiente ejercicio. Sin embargo, el orden social se restablece brevemente, aunque gracias al tipo de violaciones de la ley que usualmente solo estarían justificadas en tiempos de guerra.
Esta obra resiste alegre y afortunadamente cualquier crítica, de la misma forma que Gaki-Deka se suele resistir a las figuras de autoridad, sean maestros, parientes o compañeros. En otras palabras, puede que sedes a alguien durante diez segundos, pero después ten por seguro que volverá a aparecer el caos. Por lo tanto, no esperes que una obra como esta sea capaz de enarbolar crítica de ningún tipo, aunque Gaki-Deka podría decir un par de cosas sobre los cambios en las costumbres sociales o los disparates sociológicos. También es cierto que no lo hace de forma intencionada, y menos aún con coherencia. Es más, este cómic permanece como una expresión de la identificación con nuestro lado infantil, un poco atemperado porque sabemos bien que estos estallidos infantiles se pueden acabar en cualquier momento. Pero eso sí, volverán a aparecer, y cuando lo hagan serán tan extraños como para volver a desconcertar a las autoridades, y de esa forma el ciclo podrá comenzar de nuevo una y otra vez.
Toda esa energía también se derrama por la página. Una de las principales alegrías que ofrece la lectura de la obra de Yamagami es que su dibujo rebosa de energía cinética de una forma que solo se puede mostrar en un cómic en contraposición con cualquier otro medio. En un momento dado, la trama empuja a Gaki-Deka contra unos melones aerotransportados contra los que no tiene más protección que su duro culo. Los escorzos potentes y los trazos enloquecidos añaden otra capa más de absurdo. Los personajes de este mundo van desde los duros estereotipos del manga de los setenta hasta otros específicos más extraños, como la ocasional bestia embutida en un traje. Paradójicamente, el mundo consistente y creíble en el que viven sus personajes logra hacer creíbles las violaciones ocasionales de la física o la anatomía, como cuando un novelista que sufre un bloqueo de escritor intenta probar todo tipo de posiciones para que los jugos fluyan de nuevo (gracias a un conveniente plátano la historia es capaz de no escandalizarnos en ningún momento, pero esa es otra historia.) Gaki-Deka se parece a un perverso Neanderthal o a una pera mutante del Pac-Man. Su diseño se me antoja realista, yo mismo he escapado de niños pequeños no tan diferentes, todos ellos muy bestias, pero se aleja lo suficiente del "realismo" como para hacer que el culo cincelado del protagonista parezca una parte natural de todo lo demás. Como ocurre con todo lo que cae bajo el radar de Yamagami, desde el diseño de los personajes hasta el estilo de dibujo, las historias no solo necesitan una tira de cuatro viñetas, sino cuatro grandes viñetas, splashes de media página capaces de celebrar el poder explosivo del dibujo, e incluso a veces requieren todo el largo y ancho de la página, funcionando en conjunto como parte de una gloriosamente caótica y perversa celebración del lado infantil todavía presente en cada adulto y lector. En un dibujo de este tipo el estilo me parece de lo más sustancial, por eso resulta imposible separar el contenido de las historias de su ejecución.

(Continuará) 

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