lunes, 3 de mayo de 2010

LA VENUS DEL CENAGAL CONTRA LOS ANILLOS DE PENE NAZIS, POR ALAN MOORE.3 (DE 3)



LA VENUS DEL CENAGAL CONTRA LOS ANILLOS DE PENE NAZIS
(Algunos pensamientos sobre la pornografía)

Por Alan Moore

Publicado originalmente en Arthur Vol. 1, No. 25 (Nov 2006)

(Traducido por Frog2000, parte 3 de 3. Parte 1, aquí. Parte 2, aquí.)

Gracias a Entrecomics y El Lagarto Hipotético por la publicidad de esta humilde traducción.
Y gracias también a Jaume por la ayuda.


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Por supuesto, tanto el sexo como la expresión sexual tienen un carácter político y siempre lo han tenido, pero no fue hasta finales de los 60 y durante la década de los 70 que fueron considerados así de forma amplia. Surgido de la misma contra-cultura de los 60 que engendró a Robert Crumb, el feminismo ofreció al artista sus más feroces críticas. Las feministas adoptaron la postura de que la pornografía era algo explotador y degradante hacia la mujer, sin duda un argumento con el que era fácil estar de acuerdo por culpa de gran parte del material que estaba disponible durante aquella época. Si se hubiese quedado como argumento propuesto para debatir de forma continuada, no habría polarizado a la comunidad progresista de la forma que lo hizo. En lugar de poner en marcha las ideas como planteamiento, el feminismo de la época las presentó como veredictos de superioridad moral. Y en vez de considerar de forma más adecuada las cuestiones planteadas por el feminismo, los hombres progresistas se sintieron víctimas de un ataque no provocado contra su sexualidad y respondieron enojados. Las manifestaciones feministas contra la pornografía se vieron como incómodas compañeras de cama de lo propuesto por los defensores de la derecha Cristiana, y también recibieron una cantidad equivalente de ira desde la izquierda, algunas veces justificadamente y otras de forma injusta.



Por un lado es importante distinguir entre las objeciones de las salmodias feministas y las pancartas ondeadas por los Cristianos, aunque sean parte del mismo piquete contra el emporio del alquiler de vídeo para adultos. Los argumentos feministas, incluso aquellos con los que no se esté de acuerdo, al menos se basaban en principios lógicos y por lo tanto pueden ser debatidos, porque se apoyan en premisas que pueden ser falsables, y que pueden tanto ser probadas como ser desmentidas. Los argumentos religiosos contra la pornografía, de forma alterna, o se basan en la idea de una desaprobación del super-yo, o se basan en la prueba de algo cuya existencia nos ha eludido hasta ahora. Esto no quiere decir que Dios no exista, ni que las personas religiosas no tengan derecho a tener su punto de vista, pero lo que simplemente quiero señalar es que unas ideas predicadas en nombre de una deidad específica no son ideas racionales, y por lo tanto no tienen cabida en una discusión racional. Lo siento, yo no hago las reglas. Tan sólo son así y tendríamos que cambiar por completo el significado del idioma Inglés para poder expresar lo contrario.

Sin embargo, a pesar de la base racional de la agenda feminista, ésta se presentó comprensiblemente como una confrontación, y los grandes sentimientos mostrados en ambos polos significaron que en realidad el debate razonado nunca se llevaría a cabo. La izquierda ya fragmentada se dividió en posiciones de género, con los dos bandos atrincherados en sus propias y congeladas posturas: los hombres insistían en que el tema era absolutamente parte de las libertades civiles, las mujeres insistían en que el asunto trataba sobre política sexual. Ambas partes tenían razón, por supuesto, pero para entonces no se hablaban entre sí, por lo que el debate se quedó en un punto muerto.



Las actitudes respecto a la pornografía no sólo produjeron un cisma entre las filas progresistas, sino que además partieron por la mitad al feminismo. Muchas mujeres (y algunos hombres que aún creían que las mujeres tenían un buen trecho por recorrer antes de alcanzar la igualdad social), mostraban reticencia al describirse a sí mismas como feministas por las connotaciones censoras y poco progresistas que el término había adquirido. Rechazando el dogma feminista contra la pornografía, algunas mujeres hicieron un esfuerzo por recuperar el género en publicaciones a favor de la sexualidad como “On Our Backs”, título usurpado traviesamente de la revista feminista de línea dura “Off Our Backs”. En todas partes surgieron los primeros movimientos de la antigua red que luego se auto-nombraría como Feministas Contra la Censura.



Aunque con el tiempo serían dichas voces femeninas disidentes quienes sugerirían una posible solución al improductivo enfrentamiento entablado en torno a la pornografía, a mediados de los años 90 la llegada de Internet significó que una vez más, cualquier debate ético sobre el tema sería barrido hacia un lado, superado por los acontecimientos y por la devastadora transformación social llevada a cabo por la tecnología. Así como el disfrute privado del video porno casero gozó de seguimiento por parte de un gran segmento de la población, la llegada de Internet lo llevó un paso más allá. Considerando que el alquiler de vídeos o DVD aún podía implicar el riesgo de que un conocido te descubriese escabulléndote furtivamente de un videoclub, o de que un cónyuge desaprobador se encontrase con tu alijo pornográfico, aparentemente Internet eliminó dicho obstáculo final. Se hizo evidente que gran mayoría de la gente no estaba asustada de la pornografía, sino del miedo a ser descubiertos.

En la década de 1970, Inglaterra fue sacudida por huelgas que culminaron en una semana con tan sólo tres días laborables en los que se cerraron tiendas y negocios por cortes eléctricos. Si bien los apagones sucedieron de forma inesperada, las tiendas y supermercados se encontraron a continuación con repentinos arrebatos de oportunistas delitos de poca monta. Incluso en cadenas de lujo al por menor como Marks & Spencer, los gerentes descubrieron que la mayoría de sus remilgados clientes de clase media no se resistían a deslizar algún artículo caro muy en el interior de su traje de dos piezas cuando se apagaban las luces. Obviamente, se entiende que la moralidad pública debe ser acatada para mantener la reputación de cada uno, pero cuando nadie puede verte, se convierte en algo completamente diferente.



Y esto es lo que pasó con la llegada de Internet: en el ciberespacio nadie puede oír tu clímax. Dado que, según se dice, la mayor parte de todo el tráfico en ésta super-autopista de la información se utiliza para la visualización o descarga de pornografía, debemos asumir que la demanda de porno es casi universal. Examinando a conciencia lo obsceno, parece que ha dejado de ser una aislada actividad limitada a los pervertidos sexuales, convirtiéndose más en un pasatiempo para seres humanos, simplemente algo con lo que disfrutar dejándose abandonar. También parece como si el porno comercial se hubiese convertido en el indiscutible fondo de escritorio de la sociedad contemporánea; está tan omnipresente que ha sido aceptado como un hecho vital sin discusión.



La pornografía, o a lo que recientemente nos referimos como pornografía, es ahora una parte de la cultura dominante. Disponiendo desde su mismo inicio de matices sexuales tanto sutiles como directos, la música pop empezó a adoptar conscientemente posturas abiertamente pornográficas durante la década de los 80, con todo un repertorio de imágenes y referencias empleadas por artistas como Prince, Madonna, Frankie Goes to Hollywood y un largo desfile de muchos más. Mientras Chuck Berry era censurado por editar su single con el tema de doble sentido sobre el ding-a-ling, Lou Reed se salía con la suya con Candy Darling teniendo sexo oral en su “Walk on the Wild Side”, simplemente porque los censores británicos no entendían el término “giving head”, y las Spice Girls expresaban su necesidad de hacer un zig-zig-ahh a una audiencia de niñas de diez años con total impunidad.



Debidamente acondicionada como producto legal, la imaginería erótica impregna nuestra cultura de una forma que antes habría sido inimaginable. Mientras que el empleo de la pornografía por parte de los individuos como placentero complemento de la masturbación sigue siendo visto vagamente como algo vergonzoso, su uso en un contexto corporativo, como una forma de vendernos bienes de consumo, se recibe con una sonrisa. Los publicistas llenan nuestras pantallas de televisión y vallas publicitarias con ella, tratando de asociar sus golosinas, coches o una línea de suéteres con la excitación, todo con la intención de colocar más unidades. Los empresarios de Rock, Pop y Rap recubren con ella los vídeos y letras de sus artistas sin pedir opinión, por lo que en un clima de gran preocupación y pánico creciente sobre el tema de la pederastia, es perfectamente válido que Britney Spears pose en un fetichista traje de colegiala con un diseño que en realidad no ha podido ser vestido por ninguna colegiala de ningún lugar durante el presente siglo. La palabra “fuck”, algo inflamatorio en los labios de Allen Ginsberg, Lenny Bruce o Kenneth Tynan, se puede codificar graciosamente por parte de una franquicia inglesa conectada textilmente a Francia. La gran diferencia entre nuestros anuncios porno-culturales y la pornografía tradicional, sin embargo, es que aunque los primeros son más limitados y soft-core que la segunda, no son algo que un individuo ansioso busque a voluntad sino que en nuestra sociedad no podemos esquivarlos, nos guste o no. Como cultura, estamos más intensamente sexualizados y estimulados de todo lo que lo hayamos estado con anterioridad, y dada la creciente tasa de delitos sexuales, parece que no lo estamos llevando muy bien.



¿Es esto debido a que la pornografía daña la moralidad de sus víctimas hasta un punto donde las fantasías se convierten en violación o abuso sexual, como sugieren los moralistas cristianos e incluso algunas feministas recalcitrantes? Probablemente no, si consideramos por un momento cuántas personas están expuestas a imágenes pornográficas en algún momento de sus vidas, y qué pequeño es el porcentaje de las que recurren a la violación o a otros delitos sexuales. Mientras que asesinos y violadores en serie como Ted Bundy reclamaban la víspera de su ejecución que era la pornografía la que les había dado la idea de llevar a cabo todos sus crímenes y delitos menores, se pasa por alto el hecho de que por cada psicópata que hace esta afirmación hay cien mil personas normales que nunca han sido empujadas hasta el borde de lo monstruoso por todo lo que han visto o leído. Además, personalmente aún debo encontrar una obra pornográfica que quite el seguro de las puertas de los coches, o te impregne de yeso con la intención de adormecerte para que seas presa fácil. Tal vez sea un nicho de mercado que todavía no se ha descubierto, o tal vez esas ideas salieron de la psicopatología propia del responsable, en absoluto de la pornografía.



¿Habría que pensar entonces en que no existe conexión entre la cultura occidental saturada de erotismo y la creciente ola de crímenes sexuales? Probablemente, y una vez más, no lo podemos afirmar, aunque dicha conexión no puede ser tan simple y directa como nos esperamos. Es muy instructivo considerar a los diferentes países en función de su reacción contra la pornografía, un problema que no es culpa de la misma, sino de cómo la ve la sociedad. En Dinamarca, España y Holanda, es posible encontrar pornografía hardcore en casi todos los quioscos donde compra la familia; estando tan a la vista se vuelve tan común que apenas se nota. Con la pornografía aceptada como algo normal en la vida, el sentimiento subyacente de vergüenza y culpa que nos encontramos en los Estados Unidos y en Gran Bretaña se encuentra visiblemente ausente. También es notable en las culturales tolerantes con la pornografía mencionadas más arriba, la baja tasa de crimen sexual comparada con la del Reino Unido y EE.UU., casi como si dentro de esas culturas, el porno fuese capaz de funcionar como una válvula de seguridad social que no está permitida en las sociedades norteamericana e inglesa. Dado que Internet es global, no es que estos lugares tengan más o menos porno que nosotros, ni que estén menos sexualizados por la cultura general que nosotros. ¿Podría ser, simplemente, que al igual que los adoradores de fetiches paleolíticos o que los antiguos griegos, la traten de una forma diferente y a su vez se vean afectados de una forma diferente por la misma?



Consideremos cómo se trata a la pornografía en ambos lados del Atlántico: en culturas que han sido deliberadamente sexualizadas con fines comerciales es probable encontrar a algunos de sus ciudadanos sobre-estimulados, buscando la liberación de dicho estado y por lo general recurriendo a cualquier forma de porno que esté fácilmente disponible. Por desgracia, en las sociedades que han seguido el ejemplo de la iglesia primitiva, dejando que la gente disponga de pornografía con el único objetivo de hacer entender que es pecaminosa, dicha dispensa irá acompañada casi de inmediato por una reacción automática de culpa, vergüenza, reparo e incluso de rechazo hacia uno mismo.



Para entender cómo es posible que ésta conflictiva situación afecte a una persona programada de una forma simplista, imaginemos uno de los experimentos con ratas de B.F. Skinner, aunque yo soy mucho más perverso de lo normal. En nuestro nuevo experimento, se dará primero el estímulo a la rata por medio de, por ejemplo, esa canción promocional de Britney Spears vestida de colegiala que hemos mencionado antes. Una vez excitados, nuestros roedores ya estarán condicionados para responder pulsando sobre la porno-palanca con la que lograrán la necesaria recompensa de liberación sexual. Una vez que adquiera este premio, sin embargo, nuestra rata recibirá un fuerte shock eléctrico de vergüenza. La recompensa y el castigo, por lo tanto, quedan vinculadas de forma perversa. La única vía para el placer implica dolor y humillación. ¿Cómo crees que sería este tratamiento si se llevara a cabo millones de veces sobre toda la población de roedores?, ¿se conseguirían resultados beneficiosos o por el contrario, dañinos para su salud mental?



Para los seres humanos, con las Cajas Skinner de nuestra sexualidad construidas socialmente, no está de más sugerir que se está privando de la liberación buscada a personas determinadas, ya que les resulta inaceptable la vergüenza y el asco que lo acompaña. Extendiéndolo sobre toda una sociedad, significa que la tapa de la olla a presión se sujeta firmemente, mientras que la válvula de liberación no está funcionando como sí lo está haciendo en Holanda, España o Dinamarca. Por lo que estamos sujetos a posteriores explosiones de deseo sexual cada vez más frecuentes y desastrosas, feas erupciones que sobresalen en la vida real cuando sólo deberían haber sido una fantasía inofensiva. El estatus de paria que sufre la pornografía parece conducir a algunas personas hacia un aislamiento oscuro y claustrofóbico donde sus fantasías sexuales pueden llegar a convertirse en algo lúgubre y peligroso que no beneficia a nadie, ni a ellos mismos, ni a sus víctimas, ni a la sociedad en general. Peor aún, en las culturas sexualmente restrictivas en las que se ve a la pornografía como la causante del crimen sexual (en lugar de proporcionar una válvula de escape que posiblemente lo impediría) la respuesta instintiva es, con toda seguridad, otro intento más de presionar la tapa de la olla con todas sus fuerzas.



¿Dónde nos deja esto a nosotros y en qué lugar coloca al porno? Con cada nuevo avance tecnológico desde William Caxton parece que la pornografía se ha multiplicado tanto como se ha ido degradando su calidad. La sociedad actual, gracias a Internet y a otros factores, está totalmente saturada del más básico erotismo, de tipo rudimentario; condenar a la pornografía con la intención de condenar a la población es como arrastrar los pies a través de la vida militar, sin ninguna otra opción que no sea la de tomar la bazofia que nos dan. El porno está en todas partes, como lo estuvo en la antigua Grecia, pero en ningún sitio es arte. Y en ningún sitio es una afirmación de lo que tiene en común la humanidad, como sí lo fue en la cultura clásica, sino que tan sólo reafirma nuestra alienación y la distancia que nos separa a unos de otros, y a pesar de su disponibilidad masiva no parece que nos haga más felices.

En lugar de funcionar como una liberación para nuestras ideas imaginativas más comunes, el porno funciona como otro amarre social más, como una correa de control, señuelo y látigo combinados todo en uno, una picana para ganado parecida a una zanahoria. Colgando tentadoramente delante de nosotros, nos encaminará en una dirección, independientemente de hacia dónde miremos. Luego, en el período culpable posterior, se convertirá cómodamente en una vara de la vergüenza con la que poder fustigarnos.



Esto es especialmente cierto en los Estados Unidos, tal y como marchan los negocios en su actual época Georgiana, y a pesar de la excesiva influencia que la Inglaterra Victoriana tuvo sobre el mundo en el siglo XIX, las actuales repercusiones de una presidencia basada en la fe en los Estados Unidos se hacen sentir en todo el globo. Afectan a consecuencia de su política exterior, en las ciencias y en las artes, y en nuestra forma de pensar sobre nuestra sexualidad y sus derechos. Sumergiéndonos en el ciber-porno y en la promoción porno, el calor sexual dentro de la sociedad está más borboteante de lo que lo estuvo nunca, la aguja de la caldera está alarmantemente en rojo, pero en este momento de la historia estamos gobernados por una mentalidad que está programada para responder tomando medidas drásticas contra la válvula de escape de la pornografía. Erradicar la pornografía parece ser la idea a seguir, y también tendremos que acabar de alguna forma con todos los impulsos que nos animaron a esculpir la Venus del Cenagal por primera vez.



Es evidente que erradicar la pornografía es algo que nunca va a suceder. El porno ha estado con nosotros desde nuestro pasado paleolítico y con toda probabilidad estará con nosotros hasta que nuestra especie tenga éxito poniendo en orden nuestro planeta. Entonces, “No al Porno” no es una opción realista. Creo que lo más genuino que podemos hacer es elegir entre buena y mala pornografía. Obviamente, esto plantea una serie de preguntas, la primera sería cómo diferenciar entre ambas. Sólo con la intención de argumentarlo, permíteme definir “porno bueno”, al estilo del buen juez Clayton Horn, como algo que es notoriamente beneficioso para la Sociedad, y “mal” porno como su opuesto, como lo que perjudica de forma notable a nuestra Sociedad. Por supuesto, esto plantea una cuestión mucho mayor, es decir, ¿significa que el “buen” porno existe? Podríamos concebir que llegase a existir en algún momento del futuro, y en ese caso, ¿cuál sería su aspecto?



Para responder a esta pregunta, lo mejor que podríamos hacer es referirnos de nuevo a las pocas voces femeninas disidentes que se lo han planteado, volviendo a la época en que el debate feminista sobre la pornografía estaba en su momento más álgido y quizá más inteligente. Tomando como inspiración el influyente ensayo de Simone de Beauvoir “¿Debemos quemar a Sade?”, en la maravillosa y divagante reflexión sobre el porno de Angel Carter, “The Sadeian Woman”, es donde finalmente se sugiere que podría haber algún tipo de pornografía no descubierta aún, de tintes gloriosos y liberadores, no comprometida por desigualdades sexuales y de sexualidad obstinadas en recordar el pasado. Incluso la censora del porno más intransigente y vociferante, Andrea Dworkin, ha reconocido que podría llegar a concebirse una pornografía benigna, aunque lo considera como algo muy poco probable. Dado que no queremos “mala pornografía” y no podemos aceptar un “no a la pornografía”, con la simple sugerencia sobre la posibilidad de tener una “buena pornografía” es donde residirá el único rayo de luz que podamos encontrar a lo largo de este debate escabroso.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo ¿cómo puede exactamente la pornografía tener una influencia beneficiosa en la Sociedad? Y si no podemos imaginarnos dicha situación, ¿cómo la reconoceríamos si llegase a surgir? Incluso si aceptásemos al igual que Andrea Dworkin, Angela Carter, Kathy Acker y Simone de Beauvoir que nuestra hipotética “buena pornografía” fuese posible, no nos ayuda mucho a menos que tengamos una idea clara de cómo podría ser buena y beneficiosa, cómo podría una pornografía adecuada funcionar dentro de nuestra cultura.



Ya hemos podido observar que en lugares como Dinamarca, Holanda o España el porno, hasta cierto punto, parece actuar como una válvula de escape, ventilando las presiones sexuales sin causar daño antes de que éstas puedan explotar en delito o abuso sexual. También hemos señalado que esto no parece funcionar en las culturas más restrictivas en las que la culpa y la vergüenza adjudicadas parecen prestar atención a la idea misma de pornografía. ¿Y si fuese posible conseguir llevar nuestra pornografía a un grado tan alto de maestría artística que cortase ese vínculo directo entre erotismo y extrema vergüenza social?, ¿Podría permitirse la pornografía funcionar tal y como lo hace actualmente, pero con un climax más culto, reduciendo nuestra pésima cuenta actual de hombres y mujeres con cicatrices o violados, nuestros actuales niños violados, asesinados y arrojados en un canal? ¿No valdría la pena, por lo menos, intentarlo?



Si de alguna forma se pudiera expresar la pornografía de forma artística, podría sacar nuestra imaginación sexual de su estado congelado, llevándola al calor reconfortante de la aceptación social y política. El valor del arte está en que nos permite ver en el trabajo de otros una idea que nos habíamos formado tenuemente, aunque carezcamos de la habilidad para realizarla o transmitirla, por lo que nos hace sentir menos solos. Sin embargo, actualmente concebimos la pornografía como todo lo contrario. No es arte, no puede ser abiertamente discutida o admirada, sólo sirve para convencernos de nuestro aislamiento, para aumentar nuestra sensación de que estamos solos con nuestros deseos más secretos e íntimos, a salvo de la compañía de otros sudorosos onanistas pervertidos e inadaptados sociales.



Si pudiéramos redefinir el erotismo, restaurarlo a la venerada posición en el arte en el que solía estar incluido, se podría desactivar una serie de tensiones personales y sociales relacionadas con el sexo que han surgido en su mayor parte desde el origen de la civilización occidental. Llevándola a cabo de la forma adecuada, la pornografía nos podría ofrecer un espacio seguro en el que debatir libremente ideas que de otra forma no saldrían a la luz y que tan sólo se quedarían trasnochadas y se volverían rancias en nuestra oscuridad individual. Nuestra imaginación sexual es y siempre ha sido algo central en nuestras vidas, tanto como individuos o como especie, y nuestra cultura podría estar mucho más enriquecida, o al menos más relajada, si lo reconociésemos. En caso contrario, podría no haber nunca más ninguna pornografía divina de algún futuro William Blake incinerado después de su fallecimiento, ninguna de un futuro Aubrey Beardsley en su lecho de muerte, tosiendo aterrado por culpa de la destrucción de sus mejores obras. Ni ningún decadentista ornamentado o un barbado beat obligado, o bien a esconderse detrás de un seudónimo, o a engrosar la prolífica obra de "Anónimo".



Ennoblecida así, la pornografía podría ocupar una vez más su lugar como reverenciado y casi sagrado tótem de la Sociedad, podría completar el círculo originado con la neumática nena de cabeza de alfiler de Willendorf. Parece que sólo tenemos dos opciones si consideramos nuestros propios sueños eróticos: o bien se pueden aceptar, restaurando a la Venus del Cenagal a su lugar correcto y natural dentro de la cultura; o bien podemos rechazarlos e intentar estigmatizarlos, empujando la excitación hacia la vergüenza y la culpa y el dolor, condicionándola de forma que retenga nuestra sexualidad con un puntiagudo anillo para el pene alemán del S. XIX.

Al final deberá estar en manos de personalidades individuales, artistas, escritores, cineastas o poetas. Sólo si tienen el coraje de plantar sus banderas en este terreno despreciado y peligroso, a pesar de su carácter poco atractivo, para con el paso del tiempo transformar éste triste desierto en un jardín perfumado de valor perdurable. Se podría encumbrar a lo erótico desde su situación actual como puta de todo el mundo encadenada en su celda, sin nombrarla pero disponible en todo momento, y hacerla regresar a su posición anterior como diosa.



Podríamos encontrar que ha cambiado un poco desde sus orígenes como gruesa piedra caliza; que nos la encontrásemos como algo más parecido a los trazos definidos en el Pornocrates del magnífico Felicien Rops. Este espléndido trabajo iniciado por Rops a finales de 1870 representa el espíritu mismo de la pornografía, una hermosa mujer pintada de perfil, caminando grácilmente de derecha a izquierda de la imagen; vestida tan sólo con botas, guantes, medias, joyas y una cinta empujada por el viento, coronada por un sombrero de Gainsborough. En su pelo hay flores azules y una pálida venda de un color semejante cubre sus ojos. Sujeto como un caniche acicalado con una correa decorada con cintas, un delgado joven cerdo parece conducir a la belleza ciega como si fuese su perro lazarillo. Con un ritmo pausado y digno, discurre con su ceguera señorial por lo que tan sólo podría ser el borde decorativo inferior de la imagen o por lo que parece ser el artesonado embellecido de una pared o repisa, en cuya parte superior, el elegante espíritu hecho cuerpo de la pornografía victoriana se guía de un cerdo resoplando; un cerdo delante de La Perla (juego de palabras intraducible: en el original “a swine before The Pearl” es parecido a Pearls Before Swine – Mateo 7:6, traducido en español como “no se hizo la miel para la boca del asno”.)



Un friso en relieve corre a lo largo de la pared o límite del borde inferior, mostrando las efigies de las Bellas Artes, sentadas con sus pergaminos, laúdes o caballetes y, sin embargo, ladeando la cabeza hacia abajo, apartando la mirada de forma avergonzada mientras la diosa de la pornografía desfila por encima de ellos con descaro. Del mismo modo, hay tres querubines angustiados flotando en el aire frente a ella mientras ésta camina, desgarrando su cabello a medida que reprenden su lasciva exhibición. Bajo sus ojos vendados, ignorante de su apariencia y acertadamente indiferente a la controversia que está causando, totalmente despreocupada del precipicio por el que camina, la voluptuosa esencia de la pornografía es la imagen misma de la calma y la serenidad. Ella confía su seguridad a un animal visto generalmente como el epítome de la suciedad y el instinto brutal, a pesar de su limpieza ampliamente conocida y de su aguda inteligencia. La diosa camina a lo largo de la pared orgullosamente, sin pensar en el precipicio que existe a ambos lados, segura en su convencimiento de continuar detrás de su noble y sin embargo despreciado animal que la impulsa guiándola de forma infalible hacia el regio destino que la corresponde.



Descarada y ciega a todas las indignadas posturas ocasionadas por su presencia, Venus se pasea a lo largo de su camino por la cuerda floja de la moralidad, andando con un cerdo, deambulando lentamente gracias a su glamour seguro y firme hacia la brillantez anhelada de un futuro más humano e instruido.

8 comentarios:

zenarcade dijo...

Gracias,magnifico articulo y magnifica traduccion(que se lo que te ha costado).

La pequeña Delirio dijo...

Alabado seas... gracias!!!! :)

frog2000 dijo...

Gracias a todos por el apoyo

Humberto dijo...

Gracias por acercarnos al español este magnífico ensayo del genio de Northampton. Ojalá se repita con frcuencia. Saludos.

Pablaktus dijo...

Increible trabajo.
Muchisimas gracias por la traduccion adaptacion y difusion :)

frog2000 dijo...

Gracias por todo.

Estel dijo...

Un excelente y muy interesante artículo, como es de esperarse del genial Sr. Moore.
Al principio busqué la versión original en inglés, para tener mayor fidelidad, pero me quedé con esta por el cuidado que han tenido en acompañarla de fotos y dibujos totalmente ad-hoc, que me permitieron conocer algunos de los temas que desconocía en el ensayo.
Un especial agradecimiento al traductor, un rubro que generalmente insulto y me indigna, pero esta vez me ha sorprendido con un excelente, cuidadoso y meticuloso (hasta en traducir los juegos de palabras que quedan lost in translation)

En fin, Gracias por el espectacular aporte!

Juan Oitavén dijo...

Gracias por el gran trabajo.