martes, 27 de abril de 2010

LA VENUS DEL CENAGAL CONTRA LOS ANILLOS DE PENE NAZIS, POR ALAN MOORE.2 (DE 3)

LA VENUS DEL CENAGAL CONTRA LOS ANILLOS DE PENE NAZIS
(Algunos pensamientos sobre la pornografía). Por Alan Moore.

Publicado originalmente en Arthur Vol. 1, No. 25 (Nov 2006)

(Traducido por Frog2000, parte 2 de 3. Parte 1, aquí.)

Gracias a Entrecomics y El Lagarto Hipotético por la publicidad de esta humilde traducción.


ºººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº

Es en este punto cuando aparece la caballería: Leonard Smithers, antiguo abogado convertido en editor de obscenidades, uno de los verdaderos héroes no reconocidos de la pornografía, demasiado tarde para salvar el día pero justo a tiempo para un último rally condenado y heroico. Sus valientes esfuerzos tras el juicio de Wilde, en busca de trabajo para Beardsley, Dowson y el resto dio lugar a la publicación de un nuevo periódico decadentista llamado The Savoy, que sucedió y en muchos aspectos superó al añorado Yellow Book. Sin embargo, para Beardsley, si bien este aplazamiento del exilio cultural era bienvenido, el daño a su confianza y autoestima ya estaba hecho, y parece que tuvo repercusiones en el bienestar físico del artista, o más específicamente, en sus pulmones.
En 1898, con Beardsley en su lecho de muerte, sus últimos deseos fueron que Mabs, su hermana Mabel, debía esforzarse por "destruir Lysistrata y las demás obras obscenas". La posterior publicación de las ilustraciones de Lysistrata y de su incompleta novela pornográfica (una narración de la leyenda de Venus y Tannhäuser que llamó “Under the Hill”) sugieren que Mabel Beardsley se mostró mucho más reacia a la hora de purgar lo erótico de la obra de su hermano que lo que había mostrado Catherine Blake respecto a la de su difunto esposo, y por ello debemos estarle agradecidos. Gracias a Mabel, varias piezas de exquisito trabajo sobrevivieron, ya que de otro modo no lo habrían hecho. Todavía es desalentador, sin embargo, pensar en Aubrey Beardsley encaminándose hacia su tumba innecesariamente avergonzado de la mayoría de la influyente y esbelta obra que trajo al mundo. Al igual que Wilde o Ernest Dowson, el trabajo de Beardsley tan sólo ha enriquecido la cultura humana con su gracia y belleza. ¿Dónde, entonces, hay algo de lo que avergonzarse?
La moralidad emergente, en cambio, dictaba lo contrario. Alrededor de la coyuntura de los siglos XIX y XX, el Imperio Británico estaba en su más inquieto apogeo; era el mayor imperio que el mundo había conocido hasta entonces, con una progresiva influencia cultural masiva en todo el mundo tanto para bien, como, lo más común, para mal. A pesar de la enorme arrogancia inflada que al parecer acompaña a todos los imperios cuando están en las vertiginosas alturas inmediatamente anteriores a su inevitable caída histórica, Gran Bretaña se acercaba hacia el nuevo siglo con todo un preocupante remolino de inseguridades: el Imperio Británico se estaba cayendo a pedazos y se encontró acabado en el momento en el que la India se independizó en 1947. Nadie estaba seguro de los cambios que traería el nuevo siglo, y sin duda, cuando llegó la decadencia de las artes, surgieron numerosos paralelismos con la antigua Roma. Por alguna razón, el nuevo progresismo de los Decadentistas en el arte y la escritura fue visto como un síntoma de deterioro moral, un indicador de decadencia. Así, con una agresividad nacida del miedo, el imperio contraatacó a través (en el original, “the Empire struck back”) del juicio a Wilde, y sus asustadas, acobardadas secuelas, establecieron el equivalente a un nuevo puritanismo que tendría su impacto directo en todo el Mundo Occidental.
En Alemania, por ejemplo, el deseo de frenar y regular la sexualidad condujo a engaños que, quizá previsiblemente, eran pseudo-científicos. Al igual que con K.M. Benkert, que fue el primero que acuñó el término "homosexualidad" como una expresión utilizada tanto por médicos como por patólogos, casi cualquier forma de sexualidad socialmente indecorosa (es decir, prácticamente todas) fue vista como una enfermedad de la que uno se podía curarse a través de la ciencia. Se produjeron una serie de geniales dispositivos “médicos”, por ejemplo, para proteger al joven vulnerable de los incidentes no deseados debido a su excitación corporal, como, por decir uno, los que se producen entre los varones adolescentes cuando están dormidos. Mientras, obviamente, las manos del niño podían atarse de forma segura a la cabecera de la cama para evitar los actos deliberados de masturbación, esto no le impedía excitarse mientras dormía, posiblemente soñando, lo que claramente era algo inaceptable en la Alemania de fin de siglo. Para solucionar este problema alguien ideó un anillo con pinchos afilados situados alrededor de la parte interna, que podía colocarse cómodamente alrededor del pene fláccido y que lo empalaría si a este se le ocurría excitarse por cualquier motivo. Muy popular entre los padres de niños muy pequeños tanto en la Alemania como en la Austria de principios de siglo, al parecer esta forma de tortura sádica durante la infancia podría haber producido la famosa generación bien equilibrada de jóvenes Übermenschen que contó entre sus filas con el notable desviado sexual Adolf Hitler.

Simplemente como recordatorio, mientras las culturas avanzadas sexualmente nos trajeron las matemáticas, la literatura, la filosofía, la civilización y todo lo demás, las culturas sexualmente restrictivas nos dieron la Edad Media y el Holocausto. Y no es que yo esté tratando de recargar mi argumento, por supuesto.
Aunque esta ola de represión tuvo sus víctimas, no pudo evitar que el siglo XX se llevase a cabo, ni que apareciesen nuevas tecnologías que, inevitablemente, iban a cambiar todos los aspectos de nuestras vidas, incluyendo nuestra pornografía. El cine había llegado a finales de 1800, dando de inmediato a luz a las primeras cintas pornográficas, pero al igual que ocurrió con la anterior llegada de la cámara, el gasto total de los equipos necesarios para producir una “blue movie” medio competente hizo que dichos esfuerzos fuesen minoritarios. La siguiente oleada de sexualidad explícita emergió, sin embargo, gracias a los avances que se habían hecho a partir de la tecnología de impresión de William Caxton. Aparecieron en escena formas de impresión más nuevas y baratas como la mimeografía, lo que significó que, de pronto, la publicación se convirtió en un proceso mucho más democrático y que ya no era tan sólo una disciplina para los ricos y los cultos.
En 1930 llegó a Inglaterra la moda conocida como “mushroom publishing”, el equivalente cercano a la explosión pulp que estaba ocurriendo en los Estados Unidos. Aunque ambos países tenían cada uno sus propias rudimentarias leyes contra la obscenidad, en ambos casos estaban tan mal definidas como para permitir un gran margen de interpretación. Lo picante fue tolerado a niveles “soft-core”, aunque en ese territorio nebulosamente delimitado era fácil cruzar la línea sin darse cuenta y encontrarte bajo los focos del pánico moral, como les ocurrió a los pulps “picantes” que llegaron del otro lado del Atlántico, o a las novelas “Hank Janssen” publicadas aquí. La sed pública de pornografía no disminuyó, evidentemente, ni siquiera con una bestial reacción moral y una tolerancia-cero policial (el veterano Donald McGill fue acusado en Inglaterra debido a unas “picantes” postales marinas y fue condenado por las insinuaciones obscenas que se encontraban en dichas postales), las autoridades sólo podían mantener sujeta la temblorosa e hirviente tapa de la olla a presión.

Lo cuál no quiere decir que no escapase vapor de vez en cuando. El mundo subterráneo de la publicación de pornografía hardcore había resistido todos los vaivenes del nuevo siglo, manteniéndose más o menos intacto gracias a que casi era invisible. Aparte de un puñado de reimpresiones del siglo anterior y de las ráfagas intermitentes de nuevo material barato, sin embargo no hay mucho material recomendable de la producción pornográfica de la década de 1930 salvo el fenómeno de los folletos de ocho páginas producidos como salchichas durante este período en América y que eran conocidos como "Biblias de Tijuana", posiblemente porque se suponía que el sexo y todo lo relacionado con el mismo se había iniciado en Tijuana.
El basto material de ocho páginas crudamente producido, no era más que una fascinante etapa en la evolución tanto de los cómics como del erotismo. Aunque existen varios relatos apócrifos de cómo estos libros llegaron a existir, la versión más meritoria y entrañable es aquella en la que tres señoras formaron una asociación clandestina para complementar sus ingresos, con una mujer manejando los guiones, otra el dibujo, y la tercera el negociado y distribución final de la empresa. Si esto es cierto o no, lo significativo es que en las Biblias de Tijuana puede verse una pícara chispa social que con el tiempo serviría de base para toda una tradición americana de la sátira inflamatoria de primer orden, contada en forma de cómic.
Las más recordadas Biblias de Tijuana fueron las que presentaban a personajes bien conocidos de las tiras diarias de los periódicos, con un tembloroso estilo prestado en el que había una pasable aproximación a los usados por los artistas que trabajaban en los originales. El gran atractivo de mostrar a conciencia personajes no sexuales como Blondie, Jiggs o Popeye participando en parodias pornográficas se encuentra en el gran contraste presentado, mostrándolos más sucios gracias al contenido sexual, cuando el contexto anterior de algunos de estos íconos culturales era impecable. También se puede tener en cuenta el placer subversivo que se producía al punzar la visión de una sociedad anodina y sin sexo presentada en las tiras dominicales, y parece muy probable que cuando Harvey Kurtzman redactó el anteproyecto para su seminal Mad Comics durante la década de 1950, los folletos de ocho páginas fueran una parte influyente de la mezcla satírica. El ataque de Kurtzman contra Archie (que supuestamente garantizó un tratamiento de castigo contra la línea de EC comics por parte de un draconiano Comics Code Authority presidido por la editorial Archie Comics) presentó al supuestamente “adolescente prototípico" como un matón de la High School, y a Betty y Verónica como unas calentorras fumetas, en un un retrato que podría haber salido perfectamente de una biblia de ocho páginas, aunque en aquellas el flujo sexual no era mucho más que algo clandestino, mientras que en éstas el muy talentoso Bill Elder llevó a cabo un trabajo de reproducción y subversión de la totalidad del estilo Archie mucho mejor del que se puede encontrar en las biblias amateurs que le precedían.
Junto a un elenco de personajes sacado de las tiras de los periódicos, en las Biblias de Tijuana también se utilizaban como personajes destacados a actrices y actores contemporáneos como Mae West y Laurel & Ardí. Curiosamente, las celebridades criminales de 1930 conocidas como Baby-Face Nelson o John Dillinger tenían su propio sub-género, jugando con el evidente cariño del público por el ladrón glamouroso y también con el aura de potencia sexual casi mítica con el que estos personajes fueron acogidos en la imaginería popular. En esta combinación de la figura del héroe violentamente anti-social junto a las viscerales acometidas de pornografía desenfrenada, las Biblias de Tijuana prefiguraban los comics underground que entrarían en erupción en treinta años más o menos, principalmente en San Francisco.
Sin embargo, si volvemos a mediados del Siglo XX, los impulsos eróticos de la Sociedad estaban encontrando sus formas de expresión más vívidas en el teatro burlesco y, un poco más tarde, en las películas “nudie-cutie” que el burlesco ya había representado parcialmente desde su nacimiento. Durante los años 1950 y 1960, directores rebeldes como Russ Meyer casi lograron proporcionar una voz al inconsciente Sueño Americano; sus impulsos libidinosos se agitaban en una bufonada demencial de violencia y sexo que era a la vez infantil y exuberante, marcada por una especie de inocencia, al menos en comparación con la ración sin alegría y de ojos muertos que nos sirven hoy en día. Acertadamente se le describió como un “Fellini rural”, Meyer parecía tener unas personales y específicas diosas de la imagen que mostraban sus carnes generosas y se personificaban en mujeres icónicas como Tura Satana o Kitten Natividad. Al igual que con Robert Crumb una década más tarde, la consagración de un cuerpo femenino en concreto por parte de Meyer parece remontarse a los primitivos orígenes de lo erótico, como una Venus del cenagal vestida con un resplandeciente atuendo de cuero y reflejada no en piedra sino en celuloide.
En 1950 las tendencias de la poderosa cultura sexual eran evidentes, surgidas en oposición al ethos sofocante y sin sexo de la época Eisenhower / McMillan. Escritores como Hubert Selby, Jr. y Henry Miller, que habían realizado un trabajo durante los años 30 y 40 que estuvo prohibido a la hora de ser publicado, empezaron a encontrar una nueva audiencia que los apreciaba, incluso a veces entre editores extranjeros, como por ejemplo el Olympia Press fundado por Maurice Girodias. El Playboy de Hugh Hefner trató de establecer el porno soft-core como una declaración sobre el estilo de vida lujoso, y una nueva ola de humor “enfermo” hizo su aparición, encontrando su apogeo en los en ocasiones brillantes exabruptos de Lenny Bruce. Mientras tanto, en el Mad de Harvey Kurtzman, una afilada nueva síntesis de lo cool y humor judío tuvo referencias sexuales como parte estándar de su repertorio cómico, como por ejemplo en la parodia de Julio César realizada por Kurtzman, donde un centurión, al grito de “Someone’s comingeth!", es respondido con un bocadillo desde algún lugar fuera de la viñeta que dice "Ooh, me dyingeth!". Nueva y excitante música de otros lugares se derramó por las radios, de matiz sexual e influenciada por la música negra, etiquetándosela como "Rock and Roll”, simplemente otro eufemismo más del acto sexual, como ya lo había sido la palabra “Jazz”. Y lo más importante de todo, en el San Francisco de 1955, el poeta Lawrence Ferlinghetti comenzó a publicar en City Lights Books, en North Beach, el famoso barrio de la ciudad que había sido transitado por anarquistas anti-Mussolini. Al escuchar en 1955 la primera actuación pública del joven poeta de Nueva York Allen Ginsberg, declamando en la Six Gallery “Howl”, la obra inspirada en William Blake, el impresionado Ferlinghetti tomó la decisión de publicarla en City Lights Books en noviembre de 1956. A pesar de la escasa atención que el libro recibió en un primer momento... algo sorprendente para una primera obra de un autor desconocido en el campo casi olvidado de la poesía... en junio de 1957 una redada que la policía llevó a cabo en City Lights Books y un juicio posterior por obscenidad empujó a “Howl” y a otros poemas de vanguardia contra la conciencia de la nación. Sorprendentemente, el juez Clayton Horn emitió un veredicto por el que una obra no puede considerarse obscena si posee "una mínima importancia de redención social."
La decisión del juez Horn significaba que City Lights podía publicar “Howl” y muchas otras obras controvertidas, sin temor a dañinas represalias por parte de las autoridades. Aunque algunos escritos siguieron siendo demasiado extremos como para ser publicados durante un año o dos, como ocurrió con los diez primeros capítulos de “El almuerzo Desnudo” de William Burroughs, que había sido rechazado por la Chicago Literary Revue, dicho veredicto significó que los escritores Beat ya podían materializar las premisas de Ferlinghetti en el 261 de Columbus Avenue y desencadenar lo que posiblemente fuese el movimiento literario más interesante del siglo XX. También significó que un importante precedente legal había quedado establecido, otorgando inmunidad contra la persecución de material sexual si se demostraba como algo socialmente significativo o de alto valor artístico.
Esta fue la defensa adoptado exitosamente unos años más tarde en el publicitado proceso judicial celebrado en la Corte Inglesa contra el libro “El Amante de Lady Chatterley” de DH Lawrence, que podríamos resumir con la actitud que mantuvo la acusación y que aún prevalece respecto a la pornografía, en la que se sugiere que ninguna persona decente debería permitir a sus “esposas o criados” leer ninguna obra parecida. Dicha observación los traicionó y también recalcó el absurdamente anticuado punto de vista victoriano sobre los asuntos sociales, convenciendo prácticamente a todo el jurado para que votase en su defensa. El punto de vista detrás de la acusación era que mientras "nosotros", hombres blancos de cierta edad y posición social, somos demasiado evolucionados como para ser corrompidos por dichas obras, estas tendrían un posible efecto ruinoso sobre aquellos moralmente más débiles que nosotros mismos (los jóvenes, la clase trabajadora, los extranjeros o las mujeres).
Si bien como obra de moderna poesía beatnik, “Howl” podía seguramente ser pasada por alto por la mayor parte de los ciudadanos, el juicio de Lady Chatterley significaba que la mayoría de los hogares del mundo occidental llegarían a poseer una copia muy manoseada de lo que es en realidad una obra relativamente menor de DH Lawrence. El tema sexual, en el ojo del huracán, había llegado a normalizarse, lo que abriría las compuertas de la avalancha de programas de televisión sexualmente sugerentes o explícitos, las películas, libros y canciones pop que ayudarían a definir la década de los 60, aunque está claro que dichos progresos no se llevaban totalmente a cabo sin oposición. Los libros aún seguían prohibiéndose, las películas aún eran censuradas, y en una de las prácticamente inauditas exposiciones de arte erótico de los años 60, los garabatos de John Lennon fueron requisados por la policía, junto con varios grabados de Lisystrata del pobre Aubrey Beardsley, que entonces ya llevaba muerto setenta años. Organizaciones como “Viewers and Listeners Association” encabezada por la auto-publicitada y autodenominada tutora de la moral Mary Whitehouse, ejercería presión sobre la BBC para bajar el tono de algunos programas de televisión determinados, o para eliminar la versión de Scott Walker del clásico de Jacques Brel "Jackie", de las listas de la radio, ya que sus referencias a "auténticos maricones y falsas vírgenes" podían corromper a la juventud.
La batalla afrontada por la expresión sexual durante los “permisivos” sesenta es una indicación de cuán profundamente afloraban los sentimientos sobre dicho asunto. Evidentemente, los mismos remilgos sociales respecto a la sexualidad contra los que el Marqués de Sade había hecho blanco en la Francia revolucionaria eran aún el punto fuerte de aquellos que queriendo criticar a la Sociedad, podían hacer algo mucho peor que atacarla. El movimiento Hippy, nacido a mediados de los años sesenta en torno a diferentes puntos de referencia que incluían las extravagancias de art noveau de Aubrey Beardsley y la respuesta a William Blake aullada por Allen Ginsberg, no tardó en apoderarse de la rebelión sexual como forma favorita de confrontación.
De esto no deberíamos deducir que no brotase una fuente de porno hippy funcional. Ocurrió, aunque a menudo sus manifestaciones eran tan subterráneas como para no causar ni siquiera un murmullo en la superficie de la conciencia pública. Fuck You: A Magazine of the Arts representó el “asalto total a la cultura” de Ed Sanders, algo que más tarde tomaría forma musical con los Fugs, cuyos llamamientos de todo tipo a realizar sexo en grupo fueron recibidos con alegría. El Libro del Amor de Lenore Kandel, un delgado volumen de poesía erótica, fue llevado a juicio de forma inexplicable en San Francisco; casi fue la última bocanada de los nuevos puritanos, que aún siguieron emitiendo chillidos de forma intermitente (antes de resurgir con un rugido). En el momento en que Essex House comenzó a publicar verdadera pornografía hippy –“the Agency Trilogy” de David Meltzer, “Escritos de un viejo indecente” de Charles Bukowksi, “La imagen de la bestia”, de Philip Jose Farmer, todo el concepto de pornografía-como-escritura pareció algo poco ofensivo. Esto fue en gran parte gracias a los esfuerzos de Barney Rossett y Grove Press por redefinir los límites de la literatura aceptable. Fueron a juicio por Chatterley, Trópico de Cáncer y El almuerzo desnudo, ganando cada caso y empujando las fronteras un poco más allá en cada ocasión. Pero, realmente, una imagen vale más que mil palabras.
Nada ejemplifica mejor este asalto contra-cultural en contra de la conformidad sexual que los primeros cómics del extraordinario Robert Crumb, cuyos esfuerzos pioneros en la prensa clandestina resultaron ser un trabajo seminal en todos los sentidos. Con un estilo tranquilizadoramente familiar, y justo por eso, subversivo, Crumb se sumergió alegremente en las aguas más remarcadas y restringidas del inconsciente colectivo, sirviendo una visión de América como si esta fuese vista a través de los ojos de un obseso sexual, poblada de Snoids y Yetis núbiles, con su prohibidísimo Joe Blow exhortando a salir de detrás de la cortinas del barrio residencial, poniéndolo en negro sobre blanco para que todo el mundo pudiese verlo. Que el trabajo de Crumb fuese recibido con entusiasmo por un amplio espectro social sugiere que después de difuminarse el shock inicial, mucha gente encontró que estaban ante una visión en la que podían reconocerse. Sabían, diciéndolo de forma actual, de dónde venía Crumb.
Aunque hubo evidentes precursores de la explosión de cómic underground en Mad, en las Biblias de Tijuana, y en los fanzines de los que Crumb había formado parte, fue este el que marcó el listón para los dibujantes que lo imitaron con el lanzamiento de Zap # 1, vendido por el artista de puerta en puerta, mientras cargaba con los ejemplares en un cochecito de niño a lo largo de un Haight Street invadido por freaks. Al igual que con los Sex Pistols casi una década más tarde, el trabajo de Crumb fue el catalizador que lanzó las carreras igualmente extremas de los que le siguieron. La obra de Crumb en Zap, junto con la de dotados compinches como S. Clay Wilson, Spain o Robert Williams y muchos otros artistas underground a los que inspiró, podría tomarse como una arista de la pornografía de altura, creada alegremente con una intención tanto social como artística. (El brillante dibujante underground Sharon Rudahl, utilizando el seudónimo de Mary Sativa, escribió The Acid Temple Ball, una notable novela, publicada como parte de la serie “Traveller´s Companion” de la Editorial Olimpia, en la que relataba amorosamente las experiencias sexuales de una mujer mientras se encontraba bajo diferentes combinaciones de sustancias ilícitas.) Cuando los cómics underground expiraron a finales de 1970, no hubo nada con una energía o espíritu real que se alzase para ocupar su lugar. Crumb militó valientemente en Weirdo y otras publicaciones, pero aunque su obra siguió siendo tan maravillosa como siempre (y, de hecho, siguió mejorando y evolucionando), existía una sensación de que el solitario maestro trabajaba aislado, en lugar de como líder de todo un movimiento social y artístico surgido detrás de su estela.
En general, lo que sucedió durante la década de 1970 fue que las libertades sexuales que tanto había costado conseguir en décadas anteriores, por las que se peleó por motivos ideológicos, se convirtieron, como era previsible, en un mercado en auge listo para ser explotado. Obviamente alentado por el crecimiento de la expresión sexual en el arte durante los años 60, los fabricantes de películas decidieron que durante los setenta las humildes películas porno podían ser realizadas con mayores presupuestos y con mejorados valores de producción. Podían convertirlas en una marca, disfrazada de forma que sugiriese un mérito artístico y de esa forma poder llegar por primera vez al mercado de cine para las masas. En ofertas como The Devil in Miss Jones, The Opening of Misty Beethoven, Behind the Green Door y otras tantas esparcidas en poca cantidad, los directores porno lo intentaron, obteniendo éxito a diferentes niveles y superando las tontas limitaciones basura del género elegido. Se realizó un trabajo más pulido con la cámara y se dispuso de unos escenarios más imaginativos que, combinados con vestigios de genuino talento en la interpretación y por lo menos, con un guión que parecía aparente, se crearon obras que parecían artísticas, aunque sólo si se las comparaba con todas las babosas y bobas películas que habían llegado anteriormente.
Aun así, al público pareció gustarle la nueva oportunidad de disponer de porno en el mainstream y respondieron con el suficiente entusiasmo como para permitir la proliferación de dichas películas... hasta el momento en que se hizo pública la verdadera edad de Traci Lords. La defensa de la importancia artística o social fue inútil cuando se enfrentaron a dicha infracción legal, y con esa grieta abierta en la armadura del porno artístico por parte de las autoridades, la industria fue golpeada y se retiró de forma inmediata, imponiéndose rápidamente las películas de gran presupuesto, relegando las anteriores a la historia.
Por supuesto, para entonces la década de los ´80 estaba a la vuelta de la esquina y las películas porno pudieron ser rescatadas debido al aumento masivo del mercado de vídeo doméstico, pero su énfasis y su agenda de lanzamientos se modificaría en consecuencia. Considerando que los valores de producción de la década de 1970 fueron diseñados para atraer a los cines a una audiencia “cruzada” de todo tipo, los espectadores de vídeo doméstico fueron identificados en su mayor parte como un mercado de base cautivo y adicto en el que sus hábitos de visionado eran absolutamente indiscriminados. Sutilmente pero no menos importante, también cambió la visión que la audiencia tenía de sí misma. Mientras que estar sentado en un cine abarrotado mirando pornografía entre un centenar de otras personas normales o parejas, posiblemente podría ser una experiencia comunal y liberadora y un indicador de tolerancia liberal y sofisticación, ver una película porno en solitario detrás de persianas cerradas es un asunto muy diferente y apela a una mentalidad diferente. La experiencia suele ser furtiva, secreta, vergonzosa. Aunque podía ser aceptable mencionar al día siguiente en la oficina que se había ido al cine la noche anterior para ver Garganta Profunda, simplemente para enterarse de qué iba todo ese alboroto, por supuesto, te lo pensarías dos veces antes de deleitar a tus colegas con la noticia de que te habías quedado en casa para masturbarte con Vírgenes Anales IV.
La pornografía, aunque distribuida de forma más masiva de lo que nunca se haya hecho antes, se ha reducido actualmente a un mercado bestial sin ningún tipo de normas o criterios, acumulando rápidamente una atmósfera que tiende hacia la sordidez y la vergüenza. Sin embargo, sólo en la medida en que la cultura pornográfica pueda mantenerse de puertas hacia adentro, como vicio privado y adictivo y cada vez más caro, podrá seguir siendo un producto muy lucrativo. Como se señaló anteriormente, la fantasía sexual es algo que es gratis para todo el mundo que siga manteniendo una imaginación sexual, pero el vídeo o DVD porno nos vende un sustituto sin vida y sin brillo de algo que muchos de nosotros mismos podríamos crear de forma mucho más satisfactoria. Esto, a ojos de las autoridades, debe ser la situación ideal para la pornografía: dejarla disponible, con toda esa ganancia masiva y dejando rodar los impuestos, pero manteniéndola como algo mal visto, vergonzoso, de forma que no tengas a un Allen Ginsberg alegando que es arte, libertades civiles, un movimiento, política, o cualquier otra cosa que suene peligrosa.


(continuará)

3 comentarios:

Okubo dijo...

Hola, soy Okubo, responsable de El Lagarto Hipotético. En todo caso soy yo quien debería agradecerte el trabajo invertido en proporcionarnos esta fantástica traducción. Es algo que, personalmente, aprecio muchísimo y por ello creo que estas entradas merecen ser comentadas y publicitadas.

Un saludo.

frog2000 dijo...

Gracias!

Roberto dijo...

Genial. Muchísimas gracias