lunes, 19 de abril de 2010

LA VENUS DEL CENAGAL CONTRA LOS ANILLOS DE PENE NAZIS, POR ALAN MOORE.1 (DE 3)



LA VENUS DEL CENAGAL CONTRA LOS ANILLOS DE PENE NAZIS
(Algunos pensamientos sobre la pornografía)

Por Alan Moore

Publicado originalmente en Arthur Vol. 1, No. 25 (Nov 2006)

Traducido por Frog2000, parte 1 de 3


Tanto si hablamos de forma personal como de forma paleo-antropológica, sería acertado comentar que los seres humanos empiezan jugueteando consigo mismos. Nuestra mejorada tecnología de escaneo revela que la mayoría de nosotros comenzamos una vida de masturbación mientras nos encontramos en el útero, mientras que si rastreamos de nuevo en nuestra cultura los primeros artefactos que demuestran que teníamos una cultura, nos encontraremos entonces frente a una pechugona de cabeza de tapacubo, con tetas y culo tallados amorosamente en piedra caliza, descubierta en una excavación de base auriñaciense en un pueblo al noreste de Austria conocido como Willendorf.



El imponente Robert Crumb, mirando sus increíblemente prolíficos días en Weirdo, representó al creador de la primera Venus de Willendorf como “Caveman Bob”, un paria neurasténico de gran parecido con el propio Crumb, perpetuamente cachondo, agazapado en su cueva y masturbándose con la mujer-fetiche de gran culo que acaba de confeccionar: Homo Erectus.

Lo que indicaba con toda probabilidad Crumb era que mientras que ella bien podría haber funcionado como un icono de la magia para inducir la fertilidad, y aunque a los ojos modernos se erija como un ejemplo de la génesis prehistórica del arte, la Venus de Willendorf era un objeto de excitación a los ojos de su creador, era algo con lo que masturbarse en los tiempos de la edad de piedra, pornografía primordial. También podría estar diciendo que si rastreáramos la cultura hasta sus orígenes, nos encontraríamos con que su promotor fue un obsesivo acosador obsceno y un masturbador compulsivo al igual que el propio Crumb, o que yo mismo, o que tú, o que cualquiera de nosotros si somos verdaderamente honestos.

Los seres humanos, ya sea de forma individual mientras se encuentran en la matriz o como una nueva especie recién bajada de los árboles que han estado compartiendo con sus primos hermanos los Bonobos, descubren muy pronto que la auto-estimulación sexual es una fuente de gran satisfacción, casi única en nuestra experiencia como mamíferos, ya que puede realizarse fácilmente y, a diferencia de casi todas las otras actividades primitivas, puede llevarse a cabo sin riesgo de ser mutilado o comido. Además, se puede conseguir de forma totalmente gratuita, lo cuál bien podría ser un factor importante en los posteriores intentos de la Sociedad por regular la imaginación sexual, un punto sobre el que volveremos más adelante.

Esto no quiere decir, por supuesto, que la sociedad al completo sea el resultado directo del onanismo crónico, aunque puedo entender que alguien llegase a dicha conclusión. Más bien quiere decir que nuestro impulso hacia la pornografía ha estado con nosotros desde que los pulgares eran oponibles, y que, volviendo al principio de nuestro experimento bípedo, lo vemos como una parte natural de la vida, una de las partes más agradables de esta, y como tema natural de nuestros proto-artistas.



Para que esto no sea visto como un refuerzo de la opinión de que la pornografía es en su totalidad la búsqueda propia de un Neanderthal, quizá deberíamos considerar a la antigua Grecia y sus frisos eróticos que adornaban sus centros cívicos, la figura de mármol magníficamente esculpida del dios Pan violando muchas de nuestras convenciones actuales y con una cabra cachonda en el cuadro. Imágenes como esta se podían ver claramente como obviamente adecuadas en el mobiliario de la calles, pinturas con aspectos de la existencia de los mamíferos que todos los mamíferos ya conocían y con las que se sentían cómodos, y que nadie, desde la niña más pequeña al sacerdote más piadoso, necesitaban ser protegidos de ellas. En la antigua Grecia vemos una cultura claramente impasible frente a sus inclinaciones eróticas, bastante saturada tanto de imágenes como de relatos sexuales. También observamos una cultura en la que esta actitud parece haber estado funcionado bastante bien, tanto para los antiguos griegos como para la humanidad en general. Quizá puede que fuesen erotómanos de ojos hundidos y manos peludas, pero en el lado positivo encontramos que inventaron la ciencia, la literatura, la filosofía y, bueno, la civilización, en definitiva.



La apertura sexual y el progreso cultural casi parecen haber caminado de la mano a lo largo de los primeros capítulos de la historia humana de Occidente, y no fue hasta el advenimiento del cristianismo, o más específicamente, del apóstol Pablo, cuando nos dimos cuenta de que todos deberíamos estar completamente avergonzado de nuestros cuerpos y de los procesos relacionados con ellos. No fue hasta que el emperador Constantino cortó y pegó el cristianismo moderno junto con trozos sueltos del Mitraísmo y del culto solar al Sol Invictus, y adoptó el collage teológico resultante como la religión del Imperio Romano, que toda la sociedad llegó a ser testigo del efecto de sus ideas y doctrinas en cuanto entraron en vigor.



Si echamos un vistazo tradicional (y predominantemente cristiano) de la Caída de Roma, inmediatamente veremos que la sabiduría convencional nos dice que Roma fue destruida por la decadencia, hundida bajo el creciente rastro de eyaculación de sus orgías, por su propia permisividad sexual. El mero hecho de hojear a Gibbon, por otra parte, demostrará que Roma habría sido un tumultuoso, decadente y orgiástico desenfreno más o menos desde su creación. Su trayectoria de fornicio se llevó a cabo con éxito a lo largo de varios siglos sin hacer daño a nadie. Sin embargo, una vez que Constantino obligó a la gente de todo el Imperio a convertirse al cristianismo, apenas duró cien años más.

En gran parte, esto fue porque Roma se apoyó en sus tropas extranjeras, la caballería egipcia por ejemplo, para defender al Imperio contra las hordas teutonas que lo rodeaban. En un principio, los soldados extranjeros estuvieron contentos de alistarse, ya que en ese momento Roma tomó un punto de vista pagano y sincrético que permitía a los reclutas adorar a sus propios dioses mientras se encontraban al norte de Europa frente a los Hunos. Sin embargo, una vez que el Imperio fue cristianizado, ya no hubo otra opción. Los nuevos líderes cristianos de Roma decidieron que esta sería su forma de hacer las cosas o su escalera hacia el cielo, y por lo tanto así fue como en tierras lejanas las cifras de contratación se desplomaron. Lo siguiente que pasó y que nadie pudo prever fue que había bárbaros por todas partes: los Hunos, los Francos, los Visigodos y los peores de todos, los Godos (“Goths”, en el original), con sus lentillas blancas y sus colecciones de “Cradle of Filth”. Definitivamente, Roma se hundió debido al griterío.

Así que para recapitular sobre lo que hemos aprendido hasta ahora: las culturas sexualmente abiertas y progresistas como la antigua Grecia han dado a Occidente casi todos los aspectos de su civilización, mientras que las culturas sexualmente represivas, como Roma en sus últimos días, nos han dado la Edad Media.



Vamos a avanzar rápidamente durante casi mil años de Sajones, Daneses y Vikingos colocados de amanita muscaria mientras saquean y violan a su paso por una especie de meteórico invierno nuclear con cerebros goteando de sus hachas, aullando a Odin y ensangrentando a todos los que no opinen lo mismo que ellos. Cuando finalmente las luces empiezan a surgir otra vez en el mundo occidental, nos encontramos con una Iglesia Cristiana que comprensiblemente, trata de atraer fieles a sus toscos bancos y que ha dado con la noción de arte erótico como forma de obtener dicho fin. La figura con las piernas abiertas de vagina achaflanada que se encuentra agazapada en la mampostería de muchas iglesias británicas medievales, identificada erróneamente como una Sheelagh-Na-Gig, como si fuera los restos de una madre-diosa de alguna religión anterior, en realidad tiene un origen puramente cristiano, y originalmente pretendía ser una imagen que representaba la lujuria. Si los folkloristas hubieran buscado con más ahínco, con muchísima seguridad habrían encontrado representaciones similares de la ira, la gula, la pereza, la avaricia y el resto de pecados capitales, a pesar de que ese coño petrificado y boquiabierto tienda a centrar la mayor parte de la atención, lo que probablemente no sea algo accidental. En las iglesias de la época, las muestras de imágenes pornográficas no eran infrecuentes en absoluto, y no podemos negar que eran intencionadas. Después de todo, los cuadros de personas copulando eran una gran atracción para los congregados, y no estaban considerados pecaminosos por sí mismos, sino que podían explicarse como una advertencia a los fieles; severas instrucciones morales para describir los actos vergonzosos que si alguien llegaba a cometer, lo llevarían con toda seguridad al fuego del infierno y a la condenación.



Lo que en realidad había logrado la Iglesia con ésta agradable maniobra populista fue un cambio sutil y, sin embargo, gigantescamente importante en la relación entre la población y su imaginación sexual. Implícitamente, es aceptable disfrutar de imágenes sexuales siempre y cuando dichos actos sean pecaminosos y te sientas adecuadamente avergonzado y culpable si su representación te excita. Esto estableció un vínculo inmediato entre la lectura de la pornografía y un sentimiento de auto-desprecio o vergüenza que aún hoy en día sigue obteniendo la mayor parte del mundo occidental.



No fue sólo la iglesia primitiva, por supuesto, la que disfrutó del monopolio de las imágenes del cuerpo desnudo. Hasta el siglo XIX, la única manera de que un artista pudiese retratar el cuerpo desnudo sin riesgo de ser censurado era incluir los desnudos dentro de un contexto que fuese o bien clásico o bien bíblico: Eva y la serpiente, Leda y el cisne, siempre y cuando no estuviesen realizando el acto sexual. Bueno, esto no significa que a los artistas no les preocupase la censura, o que la postura de la Iglesia sobre este asunto fuese acatada de forma universal en todos los tiempos y en todos los lugares. El flujo de la Literatura Inglesa desde sus inicios Sajones parece hasta cierto punto indiferente respecto al decoro sexual. Algunos de los Cuentos de Canterbury de Chaucer son indistinguibles de los retozos sexuales de soft-core que asolaron las salas de cine Inglesas durante la década de los 70. Pasemos hasta el siglo XIV. “Confesiones de un indulgente.” Shakespeare podría trabajar cifrando escatológica suciedad en las descripciones escritas por una dama: "Sus C´s, sus Us 'N' y sus T´s , es lo que hace salir su gran Ps." (En el original: ‘Her Cs, her Us ’N’ her Ts, whereby she maketh her great Ps.’) Dicho esto, no fue hasta que William Caxton ideó sus folletos impresos para... bueno, para sus lectores más jóvenes; simplemente imagínatelo como el internet del siglo XV- que fue capaz de desarrollarse la tradición de la pornografía tal y como entendemos el término hoy en día. Al igual que con internet, la nueva tecnología se dedicó casi inmediatamente a difundir fotos sucias.



Hasta ese momento, cuando por primera vez la producción en masa se convirtió en una posibilidad, la cultura erótica sólo había existido en el ámbito privado de los artistas y coleccionistas, que para el dominio público es lo mismo que decir que no existía en absoluto. La iglesia nunca había adoptado previamente una posición hacia la pornografía, simplemente porque no había ninguna, y era relativamente lento reconocerla cuando apareció finalmente. Durante la época de William Blake en la segunda mitad del siglo XVIII, el Londres contemporáneo estaba lleno de libros cachondos y publicaciones picantes de todo tipo, incluyendo algunas tan esenciales como el directorio más vendido sobre putas en el idioma Inglés que introducía la frase "tan lascivas como las cabras y los monos”, y que aparentemente funcionaba como recomendación, como el equivalente de las cuatro estrellas que la guía Michelin otorga al Regency. También vale la pena recordar que finales de 1700 fue la época en la que, en Francia, el marqués Donatien Alphonse Francois de Sade comenzó a utilizar por primera vez una indignante, violenta, escatológica y, con frecuencia, intensamente torpe pornografía con la obtusa intención de ejercer la sátira social, encontrándose con una sociedad enormemente remilgada con los impulsos carnales de su bajo vientre, lo suficientemente vulnerable como para ser atacada.

Aunque el siglo XIX comenzó a progresar de forma seria, sin embargo, en medio de las preocupaciones europeas concernientes a todas las revoluciones de los últimos 50 años, unido a la incertidumbre y a la paranoia que representaron las guerras napoleónicas, prevaleció un estado de ánimo más represivo y autoritario. Y aunque sin lugar a dudas hubo innumerables licenciosos libritos populares circulando durante todo ese período, estos ya estaban comenzando a adoptar furtivas asociaciones con lo clandestino, la encorvada postura que estigmatizaría y tulliría a la pornografía durante los siguientes cien años o así.



En cuanto a la relación abierta con el erotismo de escritores, artistas o creadores de probada capacidad, el terreno parecía haberse convertido en un páramo tóxico, venenoso para la reputación y animado a través de agentes patógenos. Cuando William Blake falleció en 1827, pese a que su voluntad de aceptar la sexualidad y a que una amplia gama de ideas poco ortodoxas sobre el sexo fueran fundamentales para toda su filosofía, devotos excesivamente protectores convencieron a su esposa Catherine de purgar su trabajo de cualquier arte o escrito abiertamente erótico. Que Blake amaba y también disponía de inclinación hacia las imágenes pornográficas aún se puede ver en las notas al margen que sobrevivieron, con jóvenes garabateados engullidos por matronas carnosas, pero sus acólitos tuvieron bien presente que el visionario poeta al que estaban en proceso de construir, podría ser mucho más angelical sin genitales.

No podemos más que imaginar, con nostalgia, las masturbatorias obras maestras de Blake incineradas en hogueras blasfemas... "El Dragón Rojo se tira a la mujer vestida por el sol" (en el original: “The Red Dragon Does The Woman Clothed In The Sun”…) y es mejor que no nos atormentemos con todos los demás artistas gloriosos cuyas obras póstumas fueron quemadas, auténtico porno en la hoguera (en el original: “porno for pyros”), han desaparecido por completo sin quedar registradas.



Por lo tanto, con el tono culpable y avergonzado fijado en el inminente reinado de la reina Victoria, nos encontramos el rasgo de la pornografía con el que generalmente se la ha asociado desde entonces: un gueto miserable con el que ningún artista que se respete desearía estar asociado, y que por tanto, rápidamente se convierte en la provincia de los que no tienen inclinaciones literarias o artísticas de ningún tipo. El una vez enriquecido paisaje erótico estaba eficazmente desierto de talento genuino. Finalmente se convirtió en un género en el que no sólo no existían normas, sino que parecía correcto pensar que no se necesitaban, aunque durante la Epoca Victoriana dicha desertificación absoluta atisbó el futuro y la libido cultural siguió mostrando saludables chorros vitales alguna que otra vez.

De hecho, la fachada de moralidad abstemia que llegó como parte del empaquetado Victoriano apareció para reproducir condiciones de invernadero en la lasciva imaginación de la época. La pornografía, ejemplificada por periódicos como The Pearl prosperaba, aunque tan sólo como una subcultura clandestina. Esta red subterránea, sin embargo, se amplió de una forma tan considerable como para rozar la superficie de la sociedad, hasta que los cimientos de las casas adosadas de los suburbios Victorianos se vieron socavados peligrosamente. En aquellos tiempos, mucho antes del advenimiento de la llegada del vídeo para adultos, los hombres de negocios de la ciudad que volvían a casa para disfrutar del fin de semana junto a su cónyuge o pareja, bien podían pasarse por algún establecimiento ilegal y recoger el equivalente “Gaslight” al vídeo: al igual que el teatro es anterior al cine, esa conseguida y teatral pornografía casera precede a las películas “skin-flick”.



Los libretos pornográficos se podían comprar, disponiendo tanto de obras de teatro para interpretar por dos personas hasta piezas para compañías completas en caso de que los vecinos llegasen a un acuerdo. Estas publicaciones incluían la partitura, de modo que si uno de los participantes tenía inclinaciones musicales, entonces él o ella podían sentarse al piano y ofrecer un vigoroso acompañamiento para cualquiera de las actividades que se llevaran a cabo sobre la alfombrilla del hogar o el sofá de crin. Sí, ya sé que suena ridículo, pero esto me lo contó Malcolm McLaren y si no puedes confiar en Malcolm McLaren, entonces, ¿en quién podrías hacerlo?

Sin embargo, el poderoso trasfondo erótico que existía en la sociedad a puerta cerrada, iba claramente en dirección contraria de lo que se pensaba sobre temas sexuales en la época, y la cada vez más importante pornografía era una especie de afrenta imperdonable contra la virtud pública. Un coleccionista de imágenes eróticas, poseedor de muchos groseros manuscritos inéditos de Swinburne, Wilde y otros notables, fue advertido por su señora esposa de que a su muerte, tenía la intención de incinerar toda la obscena colección. Astutamente, el caballero en cuestión lo evitó convenciendo al Museo Británico de que aceptase una “Private Case” que contendría sus lujuriosos objetos de valor, un truco que sólo consiguió llevar a cabo cuando el Museo se hizo custodio de sus excitantes tesoros con la condición de hacerse cargo también de todas sus primeras ediciones de Cervantes.



A mitad del siglo XIX, por supuesto, la fotografía se convirtió en otra opción para los pornógrafos, aunque se trataba de una tecnología que también introdujo un nuevo (y más tarde muy polémico) elemento en lo erótico, al menos en el debate moral: estas imágenes no eran el fruto de una imaginación excitada, sino que era gente real que tenía una vida más allá de la cosecha fotográfica de sucias fotos que la englobaba. La preocupación por el bienestar moral de la modelo llegaría a igualar o superar la preocupación por los miembros del público impresionable que podían estar expuestos a la depravada influencia de dicho material. En aquellos primeros días, sin embargo, cuando una cámara era una posesión relativamente rara, al menos en comparación con el bloc de notas y el lápiz que uno necesita para tener una tecnología obscena más barata, la forma pornográfica predominante era la literaria, y al principio, las fotos picantes fueron una rara y minoritaria preocupación.



La corriente literaria mayoritaria de material ilícito durante la época victoriana variaba agradablemente de sabor, como es de esperar en un campo tan marginado y despreciado, sin disponer de control de calidad de ningún tipo. Una pasión sádica por la desfloración o incluso por la representación sin ninguna crítica de la violación se introdujo de forma grosera en algunos relatos, incluso posiblemente en su mayoría, pero es importante no dejar de fijarse en el material socialmente benévolo que encontró su única exposición en este odiado formato. La etiqueta de lo sexual e incluso en cierta medida, la política sexual, no puede ser mencionada ni debatida dentro de los límites del decoro victoriano, lo que significa que sólo en un campo ya desterrado mucho más allá del mismo podrían plantearse esos temas de una forma lo suficientemente segura. No era inusual encontrarse a los participantes de una orgía de la época de un capítulo de duración lanzándose a charlar repentinamente durante un descanso, discutiendo temas como la responsabilidad de que un caballero dejase totalmente satisfecha a su pareja femenina durante el intercambio, o la importancia de adherirse siempre a los deseos de la pareja, incluso cuando se enloquecía por la pasión. Estas son cuestiones que no podían ser planteadas en juegos de búsquedas hogareñas (Home Hints en el original) y ciertamente no se enseñaban en la escuela o por los padres de uno. Podría parecer que la única educación sexual que se distribuía en el siglo XIX era dentro de las publicaciones que fueron, por su propia definición, consideradas como obscenas.



Para ilustrar esta práctica no necesitamos mirar mucho más allá de la carrera desenfrenada del ateo del S. XIX de la zona, Charles Bradlaugh, miembro del Parlamento, cuya indignada estatua se encuentra señalando acusadoramente hacia una isleta de tráfico en la Plaza de Abington, aquí en Northampton. Entre el chorro de actividades con principios e incidentes a menudo controvertidos que han marcado la vida de este reconocido político del viejo partido laborista hay un período en el que Bradlaugh fue encarcelado junto a la conocida provocadora, “Match-Girl” y teosofista, Miss Annie Besant, debido a la distribución de “material obsceno”. Este resultó ser un tratado en el que se asesoraba sobre los métodos anticonceptivos, dirigido a mujeres de la clase trabajadora en una época en la que un tercio de ellas seguramente morirían durante el parto. Bastante picante, como seguramente te estás imaginando.



Esta intensa e indiscriminada represión marcó en gran medida la Epoca Victoriana, pero aunque la represión no tuvo ninguna oposición, gracias muchos factores se ideó el porno más inventivamente subversivo durante un largo período de tiempo, así que bien se podría ver como algo que al final salió triunfante. Pero es cierto que la victoria fue pírrica y de corta duración, y con los excesos del siglo XX preparados y a punto de hacer su morbosa aparición, cuando llegó la represión, a aquellos artistas que chapoteaban atrapados en las aguas eróticas debió parecerles algo decisivo. Aunque obviamente, hubo una gran variedad de complejos incidentes y asuntos que influyeron en la evolución de algunos temas a lo largo de todo ese tiempo. El suceso más emblemático de este cambio radical en la actitud del público hacia la literatura erótica seguramente debió ser el juicio de Oscar Wilde.



Lo que hace tan importante la caída de Wilde es debido a que este esteta y escritor maravillosamente dotado se había convertido en un símbolo viviente del Decadentismo, el movimiento que perfumaba prácticamente todo el arte o la literatura importantes que se compusieron entre los años 1870 y 1890. La estética del movimiento, tal como lo define el adelantado decadente Théophile Gautier, exige a los artistas que no teman saquear la opulencia de la historia o las leyendas para construir su propia imaginería, y que deberían sentirse libres a la hora de tomar prestados elementos de las ofertas culturales más novedosas, incluso tendrían que incluir el “vocabulario técnico”. Dado que la apelación al Decadentismo era intencionadamente amplia, no sorprende que lo erótico se convirtiese en el elemento principal que engalanaba toda la atmósfera que rodeaba al movimiento. Por primera vez en un siglo, los artistas genuinos tuvieron de nuevo una participación abierta y significativa expresando la sexualidad en su trabajo, y la exquisita cola de pavo real mostrada que surgió debió parecer, a ojos victorianos sexualmente ciegos al color, como un trapo rojo para un toro. Incluso las decorativas líneas esquinadas que caracterizan el Art Nouveau estaban recargadas con las curvas y redondeces de los pechos y los testículos, incluso en esas relativamente raras ocasiones en las que no se mostraban ni senos ni testículos en las ilustraciones de la época.



La literatura fue testigo de una plétora de talentos estelares más que dispuestos a trabajar en el campo de lo erótico; desde las ricas y sensuales resacas que se pueden encontrar en la obra de J.K. Huysmans a los escritos pornográficos en toda regla de Guillaume Apollinaire o de Pierre Louÿs. Louÿs presenta un caso interesante en cuanto a que era un escritor bendecido con medios económicos independientes cuyo trabajo recibió formidables elogios por parte de la crítica desde el principio de su carrera; después de publicar “Las canciones de Bilitis “ (The Love Song of Bilitis), encontró repulsiva la fama literaria y eligió escribir demente material hardcore brillantemente sucio durante el resto de su vida, con la certeza de que sería impublicable más allá del pequeño mercado de pliegos impresos privados para el “connoisseur”.



Durante este período, la poesía también fue honrada con muchos talentos sublimes que poseían oído para lo erótico, el trágico Ernest Dowson en particular. Dowson, suicidándose debido a su afición al destructor verde, la absenta, y obsesionado con una niña de 15 años de edad, murió muy joven en un desconocimiento relativo después de enriquecer la fraseología inglesa con expresiones tan conocidas como "He sido fiel a mi manera”, “Días de vino y rosas” y “Lo que el viento se llevó". Sí, ese fue Dowson.



Sin embargo, dentro de los medios visuales y a pesar de la feroz competencia de los seguidores de Alphonse Mucha, es el frágil Aubrey Beardsley el que emerge durante el Decadentismo como modelo de niño de póster orientado hacia la expresión sexual en el arte. Muerto a la edad de 26 años por una tuberculosis galopante, Beardsley, tanto en su arte como en su apariencia personal, fue una rara orquídea que no sobrevivió a las amargas ventiscas de desaprobación moral a las que William Blake se refirió una vez como “el Invierno Inglés.” Aunque en su vida personal él mismo parecía ser asexual (y a pesar del hecho de que me ahorraré las insidiosas sugerencias de Frank Harris, sobre la existencia de una relación sexual con su amada hermana Mabel Beardsley, ya que no existen pruebas de que Aubrey tuviese nunca relaciones sexuales físicas con nadie) los dibujos del artista respiraban sexualidad. Tal vez, al igual que el arquitecto virgen Antonio Gaudí, la verdadera forma de expresión sexual de Beardsley se encuentra en su trazo sensual y anhelante.



En una carrera que abarcó más de ocho años, el llamativo estilo de Beardsley se grabó en la conciencia del público a través de obras ilustradas como “La Muerte de Arturo” (“Morte D’Arthur”) de Sir Thomas Malory o elegantes y siniestras sumisiones en el “Yellow Book” de John Lane. Aunque el nombre del artista se convirtió en sinónimo de singularidad... "Terriblemente Extraño” (Awfully Weirdsley, en el original), como lo rebautizó un bromista... el impacto de su trabajo, con sus enanos tumescentes y una sexualidad dolorosa, fue lo que estableció a Beardsley y a su línea abatida como el espíritu que definió la década de 1890. El puñado de imágenes que entregó para la Salomé de Wilde se encuentra entre sus mejores trabajos, aunque al mismo tiempo, estas son algunas de las ilustraciones que, sin duda, contribuyeron a la ruina de Beardsley.



Cuando finalmente estalló el juicio contra Wilde convirtiéndose en escándalo nacional, nada ni nadie que hubiesen tocado alguna vez los perfumados guantes de Oscar estuvo a salvo. Mientras caminaba desde la puerta de su casa a la sala de espera desde donde lo entregarían a los tribunales, los periodistas notaron que Wilde tenía “un libro amarillo” escondido bajo de su brazo. Probablemente fuese el clásico de J.K. Huysman, “A Rebours”, cuya edición del momento lucía una cubierta de color amarillo brillante, pero por desgracia, en la creciente atmósfera de linchamiento, la diferencia entre lo indefinido y el artículo definitivo se pasó por alto. "Un libro amarillo" se convirtió en "El Libro Amarillo", y la reacción en contra de Wilde produjo que la publicación literaria y artística más importante de la década de 1890 fuese brutalmente erradicada de la existencia.



Beardsley, al haber ilustrado la Salomé de Wilde, fue intrínsecamente vinculado al encarcelamiento y destierro de Oscar en la mente del público, y se sospechó que era homosexual. Irónicamente, el artista no era más que un amigo no muy cercano de Wilde, aunque éste lo desagradaba y se esforzaba por evitar al corpulento dandy en cuanto lo veía acercarse. Sin embargo, desde el punto de vista del público eso fue algo irrelevante: haber adornado una obra de Oscar Wilde era evidentemente tan malo como haber sido descubierto en flagrante delito junto al poeta. Beardsley, horrorizado con dichas insinuaciones, corrió una noche hasta la casa de un conocido; flaco, demacrado y sin afeitar. Al mirarse en un espejo con sus ojos enrojecidos, el artista le preguntó a nadie en particular si la cara que estaba observando podía ser la de un sodomita. Incluido en la lista negra por todos los editores decentes y con el “Yellow Book” desaparecido, Beardsley fue privado de repente de ambos ingresos y abandonó su arte, en mitad de un torbellino emocional y con la salud en declive. Tosía en su pañuelo de lino y se quedaba mirando el salpicón escarlata resultante, amapolas plantadas firmemente en la nieve.


(continuará)

4 comentarios:

PAblo dijo...

¿Esta entrevista es la que me pasaste, no? Excelente recuperación.

Impacientes Saludos.

frog2000 dijo...

Sí, es el mismo,también lo han publicado como libro: http://www.lastgasp.com/d/35334/

JahDieL dijo...

Hola saludos. Soy nuevo por aqui.
waoo. muy interesante.
Mucha info que desconocía.
Me engancho de principio a fin.
Gracias por compartirla en español
Estare atento a la continuación.
Saludos.

Pablaktus dijo...

Gracias por el post y todo el trabajo detras!!